El comisario se encendió con un gesto de la amabilidad, - “entiendo tus scruples, señora, pero yo debo insistir. Puedes creerme cuando te digo que esta pequeña suma esté bastante y legítimo el tuyo. No tienes ninguna fortuna personal.” Los esfuerzos de la mujer pobre de guardar de estallar en sollozos ruidosos eran pero demasiado visible. “No poseo nada en el mundo, sir,” ella dijo en una voz quebrada. “Mi marido solamente atendió a nuestros negocio-asuntos. Él nunca me habló sobre ellos; y no me habría atrevido a buscar el ion él. Solamente él dispuso de nuestro dinero. Cada domingo él me dio la cantidad que él pensó necesario para los costos de la semana, y lo rendí una cuenta de ella. Cuando mis niños o mismo estaban necesitando cualquier cosa, te dije que así pues, y él me diera qué él pensó apropiado. Éste es sábado: de lo que recibí el domingo pasado yo tener cinco francos a la izquierda: ésa, es nuestra fortuna entera.” Movieron positivamente al comisario. “Lo ves, entonces, señora,” dijo, “que no puedes vacilar: debes vivir.” Maxence caminó adelante. “Estoy no aquí, sir?” él dijo. El comisario lo miraba afilado, y en un tono grave, “Creo de hecho, sir,” él contestó, “que no sufrirás a tu madre y hermana para desear para ninguna cosa. Pero los recursos no se crean en un día. El tuyo, si me no han engañado, es más que limitado ahora mismo.” Y como se ruborizó el hombre joven, y no contestó, él dio los setecientos francos al Mlle. Gilberte, refrán, “Tomar esto, señorita: tu madre lo permite.” Su trabajo fue hecho. Poner sus sellos sobre estudio del M. Favoral era el trabajo de un momento. Haciendo señas, entonces, a sus agentes para retirarse, y siendo listo dejarse, “Dejar no los sellos causarte cualquier intranquilidad, la señora,” dijo a comisario del policía a Mme. Favoral. “Antes de las horas del forty-eight, alguien vendrá quitar estos papeles, y restore a ti el uso libre de ese sitio.” Él salió; y, tan pronto como la puerta se hubiera cerrado detrás de él, “Bien?” m. clamado contra Desormeaux;